Función y ficción de fin de año

Interpreté las señales —sesenta kilómetros por hora y menos de cincuenta metros de distancia— y deceleré la marcha para que el coche pasara delante de mí mientras me recreaba en un ademán torero. Un ceda al paso forzoso y antirreglamentario a cambio de unas navidades tranquilas fuera del hospital; una concesión, otra más, esta vez sí por pura y mera supervivencia. Sorprendentemente, el coche frenó de golpe y su conductora me enseñó el dorso del teléfono móvil que sujetaba en su mano izquierda mientras conducía en un acto de espontánea disculpa y sutil maniobra de marketing.

Tal vez pensó que me asusté. Al menos hasta que yo le devolví una mano desprovista de
muñequeras, pulseras o relojes en un gesto de buena armonía
. Una mano abierta sin
casi líneas que leer, con algún que otro corte ocasionado en la cocina que quería decir, en mi lenguaje de signos, desconozco si también en el suyo, que no pasaba nada, que seguro que lo que observaba en la pantalla de su celular era mucho más atractivo que yo, un mero peatón, un
obstáculo semoviente que tuvo el mal gusto de interponerse en su camino al gimnasio y retrasar
su medida y estricta rutina de cardio y volumen tres veces a la semana.

Lo peor vino después. Cuando superado el susto de la conductora, pobre, centré mi vista en una
joven que se columpiaba
. Pensaba que meditaba en movimiento, respirando muy despacio,
tomando y dejando ir pensamientos, fluyendo al ritmo del balanceo del columpio, como hacíamos
antes esperando a los amigos o suspirando por la chica que nos gustaba. Pero no, en su mano
izquierda portaba un móvil y escuchaba un archivo de sonido en una mezcla de soberbia (algunos,
cuando nos columpiábamos, bastante hacíamos con columpiarnos) y sutil maniobra de marketing, hasta el punto que pensé que un dron me seguía y que estaba inmiscuyéndome en la grabación de un anuncio de la misma marca de dispositivo.

Hubo un tiempo, tal vez recordarán, en que con columpiarnos teníamos bastante. Había motivos, no digo que no: calentarnos y combatir el frío con el balanceo o alejarnos de los malos
pensamientos. En su ir y venir la vida pesaba un poco menos, tal vez por el principio de la inercia (o el de la conversión de la energía gravitatoria en energía cinética, o qué sé yo). El columpio fue el tótem de nuestra infancia y adolescencia, el templo en torno al que nos reuníamos en círculos de todo tipo, algunos de ellos mixtos y en ocasiones acompañados de sustancias poco recomendables que yo nunca probé.

Pero el templo de esa chica no era el columpio, era el teléfono, aunque en el fondo lo que hacía
era escuchar a su amiga sin capacidad para interrumpirla en esa comunicación secuenciada y
extremadamente educada que la gente mantiene a través de audios de WhatsApp y que no
admite, como sí admitían aquellas reuniones improvisadas, réplicas, debates, gestos o matices, sobre todo porque cuando se dispuso a devolver el audio tuvo que mantenerse aferrada al
columpio con la mano que no sujetaba el teléfono, lo que en cierta medida me reconcilió con mi
falta de equilibrio y valentía: su virtuosismo no era tan exagerado, no había nada que envidiar.

Seguí caminando por pura inercia, por el mismo motivo, tal vez, por el que me detuve en medio
del paso de cebra, cediendo el paso a la conductora kamikaze
. Seguí por no volver a ese mismo
paso de cebra y permanecer allí un rato largo. Y aquí estoy, sentado en una de esas pocas
tabernas donde se puede tomar café tranquilo y escuchar buena música, temas que escapan de la
radio fórmula y de los algoritmos, temas que les gustan a las dueñas del bar y punto, o eso quiero creer. Allí me siento como antes me sentaba en el columpio, sin temor a que se suelte su cadena oxidada, y ya no espero a nadie, no sea que se vaya, y me quede solo, ahora que ya son las cuatro y diez.

Al contrario que los viajeros, me siento para huir de este mundo regido por la confusión, de esta sociedad que adora becerros de oro mientras se declara atea, que abre sin ánimo de cerrar absurdos debates intergeneracionales entre los viejos maestros y los eternos alumnos. Me siento donde no pueda escuchar el eco de mis palabras, donde no pueda recordar mis movimientos, mis devaneos con la corrupción y mi complicidad con los corruptos; mi código ético de confesionario y mesa de mármol, o madera, la de todos esos cafés en los que parezco, sin serlo, un digno ciudadano. Me ubico lejos de los espejos que devuelven mi imagen desgastada por los años y las traiciones a quienes me amaron y ya murieron, a quienes me quieren y están lejos y al que siempre va conmigo.

Pago y me dirijo al columpio: no tengo el ánimo para explorar estanterías de novedades editoriales o tiendas de ropa. Pago, insisto, es una costumbre que aún mantengo, y me dirijo al columpio sin mirar en los cruces, desafiando el sabio consejo de mi madre. Y tengo fortuna, tal vez, porque el columpio está vacío, sin chica ni teléfono, y me siento sin revisar la unión entre la cadena y la barra, los cimientos que lo mantienen fijo al suelo, sin comprobar la dirección del viento. Me siento y hasta me suelto de manos, que no de pies, e incluso busco en el bolsillo el teléfono y lo sujeto. Y me dispongo a enviar el segundo audio de mi vida sintiéndome capaz de todo, hasta de esto.

“Te pillo la silla, ¿vale?”. Salgo de mi estado de flujo. Levanto la vista de la pantalla de mi
ordenador. Asiento de un modo educado comparando mis muñecas desnudas con sus pulseras
de cuero y pinchos, y cedo amigablemente la silla que nadie ocuparía sin pedirle al interesado una
solicitud más educada o cortés, o al menos sin el tono de amenaza que aprecié. Y me bajo del columpio, del real y del figurado, del que ocupaba la niña del teléfono y de este otro en el que nunca me he sentado ni me sentaré. Es hora de comprar los regalos y seguir asistiendo a estas otras misas paganas que costean la luz, el teléfono y los frenos de nuestros coches para que puedan detenerse justo antes de arrollarnos y poder mantener, así, con vida esta ficción que solo es divertida cuando se cuenta.

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