Este invierno he estado leyendo. Leyendo y viendo. Contemplando, en definitiva, lo que el deporte es y significa desde todo lo fuera que me permite mi quehacer diario, desde la distancia que concede la ficción, o la autoficción; el sano ejercicio de habitar otros mundos, mirar por otros ojos. No sé cómo ni por qué, pero, después de horas de despacho y pabellón, he sentido el impulso de leer de fútbol, de tenis, de ver una serie de fútbol americano, quizá intentando comprender por qué hago lo que hago y no otra cosa. Seguramente porque intento experimentar todo como si estuviera dentro de una narración, en el interior de un relato del que soy un personaje secundario.
Creo que me he acercado a estas obras también tratando de entender el hecho deportivo, su dimensión sociológica. Y he de confesar que me gustaba más cuando menos lo entendía, cuando lo descubrí con mis escasas herramientas perceptivas, desprovisto de conceptos en los que integrarlo una tarde cualquiera de mayo viendo el Giro o Roland Garros. Es normal, todo es mejor cuanto menos lo entiendes, cuando la virtud sospechada recubre el polvo de los defectos ignorados y no hay reversos oscuros o, peor, cualidades mediocres, héroes vencibles o referentes pusilánimes dominados por señores grises podridos de dinero, sí, pero grises, muy grises cuando se desnudan.
Que todo era mejor entonces sabemos que es una falacia que nos contamos y nos creemos, pero una falacia a fin de cuentas. Ningún tenista de aquella época podría ganarle un set a Sinner o Alcaraz, ningún futbolista podría estar dignamente en el campo; ningún ciclista, por bueno que fuera, llegaría a meta antes de que la organización hubiera retirado la pancarta en estos días. Avanza la ciencia, aumentan las capacidades y los entrenadores ya no fuman. Y no se emborrachan públicamente. Y se divorcian solo ocasionalmente. Y son cuidadosos en sus declaraciones.
Nobleza obliga. Y el marketing exige. Y los personajes del cuento lo saben, hasta el punto de que se rebelan contra su autor y quieren ser los protagonistas. Así sucedió también en el cine del star system, aunque luego, quien más quien menos alabara y agradeciera las virtudes de un genio en la dirección de actores y actrices, sobre todo si los conducía al Oscar. Y el público se adentra en la pantalla, rompe la cuarta pared y, con sus comentarios mordaces y su poder omnímodo, define el producto a su medida, aunque a veces sus intereses choquen con los de los señores grises.
La conclusión es que el deporte se parece cada día más a lo que unos y otros creen que es lo mejor, que no deja de ser lo que alguien les ha explicado sutilmente, subrepticiamente, y que estos han creído. El deporte se parece cada día más a lo que el público y los señores grises creen que es lo mejor y, obviamente, esto nos afecta a todos menos a los niños que hoy llegan al deporte con la misma exultante ignorancia con la que llegamos todos; su visión nos afecta a todos menos a los niños que pensarán que esto siempre ha sido así y que ya nunca debe cambiar, porque el deporte al que llegamos siendo niños será siempre insuperable, el deporte comme il faut.
Los mayores damnificados son los entrenadores soñadores, los guionistas que nacieron antes del diluvio, los honrados profesores de fútbol, rugby o baloncesto, que se han quedado sin historias que contar. No hay épica que contrarreste la lógica insultantemente pragmática, capitalista, financiera que gobierna el deporte y cualquier otro hecho sociológico o cultural en nuestros días. No hay trama colectiva que explique un viaje por La Mancha, la conformación de una comunidad en busca de un anillo o un regreso a Ítaca que no tenga escala previa en algún impúdico escaparate donde prostituir el talento para el deporte, vender esta gracia e identificarla con alguna virtud cardinal, alguna cualidad asociada a un reloj o un perfume. Porque todo el mundo sabe que un golpeo de exterior huele a jazmín y un revés cortado llega siempre con puntualidad suiza.
Es duro sobrevivir a la radical transformación del hecho deportivo, comprender la mutación de su esencia, un cambio que ha sido fabricado desde fuera del deporte por entes carnívoros y de voraz apetito que olieron en su capacidad para emocionar un lucrativo negocio, una poderosa herramienta de networking, una excusa para fabricar relaciones de pasta. Desconocían que en el pecado viajaba también la penitencia y que todos estos cambios, orquestados para que la gallina diera más huevos, están esquilmando la tierra. Y mira que se empeñan los guionistas a sueldo, y mira que la cámara se sitúa en posiciones cada vez más inverosímiles. Pero no cuela.
Pronto no habrá nada que contar, nada que mirar. Habrá obras mejor contadas, actores menos impostados, incluso más dotados, en otros coliseos. Pronto esta pantomima se escenificará en teatros vacíos, mientras el público asiste a otras salas y los señores grises, que seguirán siendo grises cuando se desnuden de sus brillantes prendas, que seguirán pensando en gris y “engriseciendo” todo a su paso, cambiarán de palco, de socios y de menú.
Y a los que llegamos al deporte sin entender por qué Sampras jugaba en la red y Agassi en el fondo o Indurain subía sentado, como una estatua, mientras Pantani lo hacía de pie moviendo la bici de un lado a otro nos quedarán Marti Perarnau y El fútbol y su filosofía, Nocturno de tenis de Luis torres de la Osa o Friday Night Lights, un típico clásico norteamericano que, sin embargo, con sus primeros planos y sus movimientos de cámara en ocasiones exagerados, me ha emocionado más en solo una temporada que cualquier gol por la escuadra, que cualquier triple en el último segundo o que cualquier revés a dos manos repetido hasta la saciedad en Instagram o Tik Tok para mayor gloria de una marca, un apostante que acabará arruinado o del señor de gris sobre fondo verde que se ríe a carcajadas tras habernos quitado el juguete.