Paraguas sin dueño, hogares que cierran

Un paraguas abandonado en el ascensor puede ser el inicio de un buen relato, pensaba mientras bajaba a la calle acompañado de un ejemplar a cuadros, tan perfecto que parecía salido de una película inglesa, abandonado por su dueño antes de ir al trabajo o de volver al hogar, antes de enfrentarse a su jefe o a su familia, antes de una ardua batalla, en cualquier caso, para la que el paraguas resultaría una herramienta inútil, un complemento innecesario que restaría agilidad y velocidad de movimientos a su portador.

No llovía, un hecho tal vez conocido por el paraguas. No me necesitas, debió de decirle a su propietario, me quedo en casa, hoy teletrabajo, tal vez albergando la esperanza de que el siguiente usuario del ascensor lo adoptara y le diera un nuevo uso (lo siento, no se me ocurrió ninguno, no llevo paraguas). No llovía, pero el viento de componente sur parecía arrastrar el hielo del polo. Solo en Burgos el viento austral se siente tan frío como el Boreas hasta el punto de que dudarías de la posición del sol en el caso de que hubiera amanecido. O del magnetismo que guía a las brújulas para que luego nos guíen a nosotros. Aquello no puede ser el Sur, te dices cada vez mientras intentas que la cremallera del abrigo llegue un poco más arriba sin que se salga de su carril.

Hacía frío y parecía de noche. El día sabía que Tipos Infames, librería del centro de Madrid, había anunciado su cierre. No entro a valorar los motivos; ni los que alegan sus dueños, cuyo testimonio no pongo en duda, ni los que mencionan sus fieles o sus críticos, algunos verdaderamente dolidos (los primeros por la noticia, los segundos por los argumentos empleados). Hoy no importan los porqués, sobre ellos habrán debatido durante semanas. Nadie querría cerrar un negocio tan personal, casi un proyecto de vida, si no sobraran motivos para hacerlo, si no se hubieran impuesto los contras a los pros, los gastos a los ingresos, el sentido común al sueño adolescente.

Tipos Infames no había nacido con Madrid. No era ni Rómulo ni Remo, pero en estos quince años había dotado de una enorme personalidad a su barrio, a su calle, a su manzana. Pasar por allí era un billete a otro tiempo, a otro lugar, un pasaporte a otra vida para todos los desubicados que llegamos allí por casualidad y volvimos por puro deseo. En aquellos lunes de fiesta en Madrid en que de paso acudía a un curso de escritura y edición auspiciado por Hotel Kafka, Tipos Infames siempre se me cruzaba en el camino; mis pies siempre encontraban una excusa para perderme en su laberinto de estanterías y lecturas, muchas de ellas imposibles de encontrar en cualquier otra librería.

Soy consciente, pues estudié Geografia, que la ciudad actual es solo la capa superficial de un palimpsesto. Y que la belleza que tantas veces apreciamos en estos lugares procede, precisamente, de la superposición de intervenciones, no todas ellas llamadas a la conservación, Pero al mismo tiempo estoy de acuerdo con aquella afirmación de John C. Sawhill que leí una vez de casualidad en un ejemplar traducido de Le Monde Diplomatique y que ya nunca olvidaré: una sociedad se define no solo por lo que crea, sino por lo que se niega a destruir.

Esto somos, me digo, y pienso en el paraguas, en su utilidad relativa, asociada a los días de lluvia, al mal tiempo; en el paraguas, condenado a hibernar en verano, a ser sustituido por las gafas de sol y las sombrillas, a molestar en plena fuga delante de los guardias. Pienso en el paraguas, y en quienes no lo usamos porque preferimos tener las manos libres, mojarnos, bailar bajo la lluvia. En el paraguas que cuando regresé ya no estaba, que ya tendría un nuevo dueño, alguna sociedad de inversión, algún fondo buitre, alguna franquicia, de todo hay en el vecindario.

Esto somos, me digo, y me imagino de nuevo en Madrid, vagando sin rumbo, como tantas otras veces, bajo la lluvia y sin paraguas, claro, viendo solo puertas que niegan lo que esconden y viejos hogares que con sus nuevos nombres, que conocemos de sobra, nos invitan a seguir caminando sin detenernos, a seguir mojándonos sin taparnos y, lo peor, a vivir con cada vez menos ganas de bailar, de cantar, de soportar las cuitas diarias, otrora el salvoconducto con el que luego nos pagábamos un billete de tren a Chamartín, unas zapatillas para caminar y el derecho a comprar un libro, derecho en el que invertíamos varias horas de vagabundeo deliberado en librerías como Tipos Infames, o en un barrio en el que nos sentíamos felizmente extranjeros entre mucho madrileño y algún que otro turista como nosotros.

Gracias por estos quince años, Tipos Infames, en los que os visité en muy pocas ocasiones, incluso menos de las que he usado el paraguas. Gracias por existir, por permitir que supiéramos que existíais, porque, mientras tanto, el viento del norte, y del sur, la lluvia pertinaz, los días que no amanecen, nos parecieron incluso brillantes ante la esperanza de ir un día cualquiera a Madrid y volvernos a encontrar. Os deseo, al igual que al paraguas extraviado, que el destino os depare una segunda oportunidad y que los lectores sigamos topándonos con paraguas sin dueño, con hogares abiertos.

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