Por diferentes motivos, entre ellos el miedo, fundamentalmente el miedo, pero no solo, aunque casi. En fin, por diferentes razones, entre ellas el miedo, no salí de Erasmus cuando pude hacerlo, no recorrí Europa cual viajero romántico, no adquirí créditos a precio de saldo, ni me quité de encima el Derecho Romano, en el mercadillo boloñés de los ECTS. Por diferentes motivos, tal vez justificarme, seguramente justificarme, aunque también consolarme de alguna manera, afirmo que el Erasmus vino a mí, que hice el Erasmus de forma vicaria, a través de todos los europeos que vinieron a Salamanca; a distancia, es decir, desde casa, lo que de alguna manera le añade valor, alguno sabrá de lo que hablo.
Los Erasmus, las Erasmus en mi caso, eran como los libros de Verne o Claudio Magris. Te permitían imaginarte, aunque solo fuera una noche, viviendo en Francia, Italia, Hungría o República Checa en sueños y promesas que caducaban al amanecer. Las Erasmus, los Erasmus, en mi caso, te recordaban que estabas muy bien en la península, que su derecho a la evangelización de aquellas mujeres paganas era superior por haber viajado, por ser de la Mitteleuropa o por pertenecer tú, es decir yo, a esta pequeña aldea salmantina cuyos habitantes carecen del derecho a volar. Así que ni viajé de Erasmus ni prolongué más de unas pocas horas los delirios de embarcarme a conocer la cuna de Lutero, Galileo, Liszt o Bernard Hinault.
Así era Salamanca, así sigue siendo, al menos entre los antiguos exámenes de septiembre y los aún vigentes de junio, entre las ferias y el patrón, entre el equinoccio y el solsticio, entre el sexto toro de la Glorieta en San Mateo y el último gol en el Helmántico, casi siempre del equipo rival. En esos nueve meses se engendraban los amores de invierno, aquellos que nadie creía ciertos de regreso en el pueblo, donde se gestaban los amores de verano, que a su vez no gozaban de crédito en el colegio, lo que te convertía en un eterno farsante condenado a la soledad y enfermo de fantasía, diagnóstico no siempre fallido.
Hemos sido reemplazados. Los viejos tiranos son eliminados por los nuevos, los héroes estrenan capa, el amor adquiere nuevas y distintas formas, siempre tan iguales entre sí que no soy capaz de distinguir estos de aquellos abrazos, aquellos y estos besos de enamorados en los bancos de los parques, los rincones oscuros de los garitos o los portales donde viven los novios formales, con los que ellas terminarán casándose por conveniencia o realismo, sean cazadas o no en pleno acto.
Ya están aquí nuestros sustitutos, como lo son nuestros padres de nuestros abuelos, como lo somos nosotros de nuestros padres, tengamos o no descendencia. Ya están aquí aquellos jóvenes que fuimos, aunque ahora dudo que fueran tan vigorosos nuestros cuerpos, tan firmes nuestros pasos, tan bellas y ligeras nuestras sonrisas. Estoy convencido de que solo vivimos cuando somos jóvenes, todo lo demás es recuerdo, memoria, consuelo (desconsuelo). Todo lo que nos queda es nostalgia, resistencia, autoayuda.
Está enfermo de autocompasión quien no piense que desperdició los mejores años de su vida entre resaca y resaca, copiando apuntes de un Power Point, acumulando anécdotas prescindibles con personas absolutamente vulgares que simplemente tenían la condición de compañeros y a los que de vez en cuando llamábamos amigos. Está enfermo de nostalgia quien sigue defendiendo que no hay ídolos como los suyos, actores como los de antes. Quien piensa que los locales de moda de su época estuvieron siempre y deberían haber permanecido abiertos para que los conocieran sus hijos, o los amigos de sus hijos; o los hijos de sus antiguos amigos.
De vuelta en el Alcaraván, donde regreso intentando obrar el milagro de la interrupción del tiempo y su devenir, ya no suena el Father and son de Cat Stevens que me consolaba al final de la veintena, con su sermón recriminatorio en contra de la impaciencia propia de la juventud que yo encajaba sumiso y aliviado. Ahora suena Nick Cave, Into my arms, una confesión de ateísmo culpable, una rendición del nihilismo, que, agotado, se postra en los brazos de cualquier nuevo espiritualismo, cualquier nueva religión.
Quizá sea el momento de emprender viajes virtuales, como aquel Erasmus a distancia, cuando todo podía quedar pospuesto, cuando siempre había margen para reubicar en el calendario los partidos aplazados, las promesas que pronunciamos con la certeza de que nunca se cumplirían. Sin embargo, ahora que he podido ver a mis sustitutos entrando a canasta, liderando equipos, alcanzando éxitos profesionales, ahora que he visto mi rostro cansado en el espejo, hoy más que nunca quiero realizar aquello que ya no puedo, aquello que no hice y me dirijo a la mesa de anotadores, al gestor de los tiempos muertos, al juez que vela por la ley en estos pagos, para solicitar el cambio y aferrarme al puesto que cedí cuando aún no era consciente de que no era un alquiler momentáneo, sino una venta definitiva e irreversible.