Ver para mirar

Quizá es porque hacía mucho que no iba al cine. O porque hace meses que no veía una película de Sorrentino. O porque han pasado años desde que no veía una película de Sorrentino en una sala de cine de un cine de los de antes, de un cine de ciudad, de un cine dentro de la ciudad que en su día la transformó y aún hoy la define. Tal vez porque hacía ya tiempo que no me sentaba en una butaca a observar desde este privilegiado rincón el mundo desde otro punto de vista, este sí clarividente y brillante, al salir todo había cambiado.

Era ya de noche y había llovido. Las calles mojadas olían a agosto tras una intensa aunque breve tormenta, pero las parejas cruzaban a prisa los puentes, como se hace en noviembre o febrero, dos meses de tránsito y dedicación entregada a la rutina y los hábitos laborales. De repente seguía siendo abril, pero todo era mejor; el mundo, mi mundo, había recobrado uno de los sentidos que nunca se nombran: la mirada.

Una mirada despegada de la habitual necesidad de afirmaciones, juicios y conclusiones que la esperan a la vuelta de la esquina; una mirada atenta a lo que ocurre, pero libre para poder desviarse en cualquier momento, para seguir la luz del faro que se pierde en el mar y no apunta a ningún lugar concreto; o para centrarse en la oscuridad que no adivina nada, que no anticipa nada, que algunos dicen que no existe solamente porque no se distinguen en ella formas y colores, pero de la que aún así huyen.

Al salir de ver La Grazia había viajado en el tiempo varias veces. Viéndola fui el chico que perdió a su madre, el hijo sin hijos de un padre también huérfano y también el estudiante de Derecho que amó la teoría y detestó la práctica por el modo en el que esta desechaba tanto la citada teoría como la realidad alcanzando un artificio de verdad sobre el que se erigen los cimientos de un sistema que, al ser una obra en continua transformación y ligada a la evolución de la sociedad y quienes la formamos, solo podemos calificar como la mejor mierda entre todas las posibles.

Viendo la película, una película de innumerables temas que bien podría ser el retrato de un hombre poderoso y a la vez el de un hombre vulgar; o la anatomía de un dilema o una historia familiar.  Viendo la película, decía, en cuanto que pieza pulida de orfebrería narrativa, también me desplacé a los años de estudio del arte de la composición y la retórica tratando de descifrar el pequeño hilo con el que su director nos iba trasladando a los contados espectadores de la sala por los diferentes estados de ánimo y evolución de su protagonista.

Todo ello sin artificios, con algún truco narrativo, sí, con algún guiño a sí mismo y a sus recurrentes obsesiones, con planos tan absurdos como maestros en los que no sabes si reír o llorar, pero sin las estridencias de otras obras, sin ni siquiera necesitar exponer la belleza de Roma o de Italia en su conjunto, tampoco el de las romanas o las italianas en su conjunto.

Lo que sí hace la película es poner a trabajar al espectador, sentarnos ante el espejo, incomodarnos presentándonos circunstancias que un día fueron o serán reales en nuestras propias vidas. Disiento de quienes piensan que es una cinta de tesis en favor de la eutanasia; en mi opinión es en todo caso un elogio de la duda, un alegato en voz baja, bello si acaso, a favor del amor y del perdón, del amarse y perdonarse para amar y perdonar. No saben cuánto le agradezco a Sorrentino que no pretenda hacernos ver para creer nada de lo que él piensa, aunque esto no lo haga por vocación.

Porque tal vez no haya que concluir nada o, si acaso, tal vez, solo que conviene ir al cine, pasar unas cuantas horas abstraído, huyendo de la necesidad de cruzar corriendo los puentes, soñando con ocasos infinitos o, qué sé yo, con la ingravidez que se alcanza de una forma corriente cuando te detienes, te curas de los guiones hechos a granel de los que se abastecen nuestros televisores “inteligentes» y vuelves, después de mucho tiempo, a un director que cuesta definir o etiquetar, del que ni siquiera intentas entender su propósito —si es que lo tiene—, pero que ilumina, ensancha y llena de matices la mirada y nos cose de nuevo al mundo como hijos, ciudadanos, vecinos, cómplices o meros espectadores del baile.

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