Dejarse el alma en Granada

Cuando uno va y vuelve de Granada se desprende de pedacitos de su ser que deciden permanecer allí, colgados del Albaicín, asomados a la Alhambra, vigilando el bullicio de sus calles, el ruido de los comercios, la utopía estudiantil. De esta manera, porque en cada viaje se nos desligan retazos de nuestra alma, cada vez caminamos más ligeros por las calles y manzanas de siempre, sorteando pedacitos de almas de otros viajeros que también las consideraron (a ellas, a las calles de nuestra infancia) lugares donde quedarse, paisajes de su particular e incorruptible memoria.

Quiero aclarar que estas letras pertenecen a mi yo anterior, al que aún caminaba por el centro de la capital nazarí, por sus calles y plazas rebosantes de “andalusismo” —concepto que aún no sé explicar, pero que envidio—, hace apenas unos días. Son posesión del que, sentado en el Bohemia Jazz Café, fantaseaba con ralentizar el tiempo para que siempre transcurra con la premiosa cadencia con que se expresa Catherine Russell en Blue and sentimental, la ilustración musical de aquel gozoso momento de abstracción y remembranza.

Pertenecen, decía, estas frases, me refiero, al que observaba el cielo, el vapor de agua condensado y suspendido en el aire en núcleos de apariencia gris que amenazaban con cubrir de nieve las orillas del Darro y el Genil. La nieve que ya había pintado de blanco el Pico Veleta, centinela de todos estos valles ubicados entre sierras, valles que no ven el mar, pero lo intuyen; que son vega fértil y alimentan por igual estómagos y espíritus. Pertenecen al hombre que pensaba en el trabajo asalariado, antes esclavo, que requieren los jardines palaciegos, también los cármenes que se asoman a la ladera sin poder sortear los muros que los guardan con celo. ¿Qué recompensa o gratificación reciben esos jardineros al margen de su soldada? ¿Colgarán también ellos historias de Instagram? ¿Darán lecciones de cómo alimentar las dalias o los jazmines? ¿O guardarán como un secreto que ni siquiera confían a sus parejas las recetas y los trucos, los aromas que solo ellos pueden disfrutar a diario y que los hacen amar su labor?

En fin, desvariaba aquel que escribió estas letras por el efecto de contemplar a una joven perfilándose los labios de un rojo carmín que, seguro, podía deslumbrar a quienes del otro lado del arroyo visitaban los palacios nazaríes. Desvariaba el viajero no por la belleza de la chica, apreciable pero corriente, sino porque, tras maquillarse, dio la espalda al monumento y empezó a autofotografiarse ignorando los cantes flamencos que siempre amenizan las vistas y las compras de bisutería en el mirador de San Nicolás. Desvariaba porque pensaba en su perfil de Tinder presidido por aquella foto, con ella, con su belleza apreciable pero corriente en primer plano, con la Alhambra y sus jardines impecablemente cuidados, de una armonía indescriptible, al fondo, como escenario inerte de su flirteo virtual. Jardines con los que no podríamos hacer match ninguno de nosotros, demasiado bellos para ser verdad, para ofrecernos acomodo en su lecho (de ahí que cierren cada noche).

No como ella, que era bella pero corriente, alcanzable en todo caso. Un reto difícil pero asumible para cualquier granadino o granadina en aquella noche fría de enero. O quizá solo enviaba fotos a su familia, me digo, antes de que me censuren este pequeño blog que me ofrece momentos como este en los que puedo transcribir las letras de aquel otro yo que, libre, miraba las nubes, la nieve, las rocas calizas desnudas, el tapial de color anaranjado que constituye el material principal de la Alhambra, el escaso verde que aún asomaba en la ladera o el rojo carmín de aquellos labios artificiales que se esmeraban en mandar besos a sus padres (o a sus gatos).

Estas letras, no lo olviden, pertenecen al viajero que descendía triste por las calles estrechas del Albaicín buscando resquicios entre edificios para encontrar encuadres únicos (pobre iluso), dejando a uno y otro lado teterías de postal, negocios abiertos, como todos en todo tiempo y lugar, al albur de las modas y los gustos de la época. Al viajero que estudiaba mentalmente la evolución del concepto de belleza y lamentaba el uso y abuso de imágenes en nuestros días, la vulgaridad de nuestros álbumes de fotos por no haber comprendido que el exceso resta singularidad y valor a las instantáneas, instantáneas que ya no recogen instantes, sino continuidades, sucesiones de hechos y anécdotas forzosamente prescindibles.

Recuerden que este escrito pertenece al viajero que, mimetizado con la ambientación bohemia del café, se veía a sí mismo superando el ecuador de esta década, probablemente tan feliz e infeliz como la de hace un siglo, otro futuro cliché en los libros de historia, si los hubiere, una fantasía, un resumen hecho por un habitante del futuro en base a las crónicas perecederas, la mayoría de encargo y al servicio de un buen pagador, que pueblan la prensa de nuestro tiempo.

Un tiempo en el que los premios literarios son como los demás premios y premian al premio y al de sobra conocido pseudónimo de su autor, no a un texto que quizá ni siquiera hayan leído los miembros del jurado, ocupados seres, trabajadores de los actuales jardines —la mayoría sin flores— desechables de los años 20 del siglo XXI; compradores de pintalabios, habitantes de Tinder y, para nuestro consuelo, monigotes que se han ido desintegrando allí por donde han viajado y sobre todo en Granada, donde aún quedan jardines bonitos, acabados en mármol, piedras preciosas y fotografías que compiten en belleza con los cuadros de Velázquez o Monet: imágenes que uno puede robar para sus redes sociales o para sus blogs, pero que exigen, a cambio, un pedazo insurrecto del alma de cada viajero: un pedazo que prefiere quedarse allí, contemplando aquel fondo estrellado, nevado, rocoso y florido de Granada y abandonar, de paso, a su triste y gris portafotos andante.  

4 respuestas a «Dejarse el alma en Granada»

  1. Muy bonito relato, me gusta tu estilo de narración, es amena y creativa y te lleva a ese lugar y momento, suerte 👍👏👏

  2. Prosa fluida, detalles del lugar que para la mayoría pasarían desapercibidos. La foto es
    únicamente eso, algo con lo que “presumimos ante los demás”. Cuantas veces perdemos el momento mágico que deja en nuestra retina la recreación del original con el bagaje cultural que transmite dejando lugar también para que nuestra imaginación nos transporte a un mundo de ensueño.

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