Ya somos todo aquello
contra lo que luchamos a los veinte años
(José Emilio Pacheco, Antiguos compañeros se reúnen)
Diez años después, siento que no hemos cambiado tanto. Por ejemplo, yo sigo esperando cada otoño la última película de Woody Allen y, como no llega, sigo dando por buena la siguiente de Sorrentino antes de que la crítica la despedace por ser demasiado suya, demasiado personal, demasiado pintoresca, demasiado barroca, demasiado. Y sigo siendo del Madrid, aunque cada vez aborrezca más sus dejes totalitarios, su rancio sistema de gobierno, una prepotencia que nos cuesta comprender a los que empezamos a vestir de blanco en la derrota, cubiertos de sangre y vergüenza, pero también de dignidad. O eso creíamos. Y con eso bastaba, aunque luego aceptáramos con educación las copas de Europa que fueron llegando.
Diez años después sigo escuchando a Sabina y avergonzándome, no demasiado, de haberle compuesto una elegía, en realidad varias, por si aquella dolencia, o aquella otra, lo arrastraban al infierno, donde pasará el resto de sus días junto a los rufianes, las magdalenas y las chicas de pelo rubio platino de sus canciones. Diez años después sigo leyendo en las cafeterías donde ponen blues, jazz, folk o country, escapando del reguetón y apreciando que de vez en cuando se intercalen en estas listas canciones francesas o italianas: la banda sonora de los viajes ficticios de mi niñez.
Diez años después sigo practicando con fanatismo religioso e irracional el don de la prudencia. En silencio acepto que algunos la traduzcan como complicidad con el mal o equidistancia. Simplemente aguardo mi momento sabiendo, en todo caso, que ninguna causa, por honesta y bien argumentada que esté su defensa, triunfará si no está patrocinada por los detentadores del poder y respaldada por las masas. De ahí que acepte mi derrota. De ahí que mi lucha se base, fundamentalmente, en permanecer al margen, en los márgenes, en la delgada frontera que separa la soñada libertad del gregario y la locura del ser verdaderamente autónomo, casi un buen salvaje; un exilado intelectual.
Diez años después, algunos de nosotros volvemos a Salamanca, al lugar donde crecimos, donde estudiamos, donde algunos dejamos familiares y otros, seguro, también amigos, puede que hasta antiguos amantes. En ella, agazapados entre las sombras que se forman al pie de sus monumentos iluminados, nos fabricamos un personaje que aún nos sigue acompañando, nuestro yo algo más joven y más canalla, nuestro yo creador, valiente e imaginativo. Hace diez años aún no habíamos visto lo que hemos visto, aún no habíamos vivido lo que después hemos vivido. Y, desde luego, no pensábamos que un día como hoy pudiera llegar tan rápido.
En este tiempo espero haber aprendido algo. Por ejemplo, que lo que hacíamos aquí, en este altillo, era teatralizar nuestra juventud, apartarnos de lo convencional, buscar otros escenarios, comunicarnos en un idioma distinto al de las barras de los bares y los baños de las discotecas. Aunque tampoco éramos tan distintos. Buscábamos querer y, más aún, ser queridos. Dábamos lo mejor de nosotros en cada recitado, en cada monólogo, en cada acorde de guitarra o ukelele, en cada narración con sus dobles y triples sentidos. No nos engañemos, aquellas eran palabras de amor mal disimuladas. Paraules d´amor, que diría el Serrat.
Diez años después, y aunque no hayamos cambiado tanto, el mundo es objetivamente peor. No por las guerras, prolongación de aquellas otras, ni por las inteligencias artificiales, que vaya usted a saber, sino porque en este tiempo nos han dejado García Márquez, Vargas Llosa, Pablo Milanés; también Leonard Cohen, Javier Marías, David Bowie o Paul Auster; Ernesto Acher y Marcos Mundstock y con ellos los auténticos e inimitables Les Lutiers. Y Agnes Varda, Tony Morrison o Almudena Grandes entre otros muchos. Y estos son solo los muertos de todos, luego están los de cada panteón particular y no me refiero solo a los familiares y amigos que se fueron, sino a aquellos personajes que cada uno de nosotros echamos de menos en nuestro día a día, ya estuvieran en el rincón opuesto del mundo o al otro lado de las ondas.
Diez años después todo es más absurdo sin José Luis Cuerda al frente del rodaje y con Javier Cansado cansado, como tantos otros, del puto cáncer y de no poder desplegar su humor inteligente en los medios. Y se echa de menos el perfecto español de Michael Robinson, y no, no es ironía, es solo recordar la función comunicativa del lenguaje como transmisor de emociones y vehículo igualmente equipado para la risa y el llanto. Y en eso el inglés, sin distinguir los verbos transitivos de los intransitivos, el género y el número, fue good, better, the best.
Por el evidente contraste entre aquellos y estos tiempos, por haberlo pasado tan bien en este universo alternativo, he defendido a menudo que nunca fuimos, como decía Hemingway de sus años locos en París, tan pobres y tan felices como en aquellas noches de micro abierto, en aquellos jueves, la mayoría fríos, del otoño y el invierno salmantinos, también de la primavera. En fin, lo primero, la pobreza, es una certeza aritmética y lo segundo, la felicidad, solo un residuo de la nostalgia que hoy convertimos en reliquia, en recuerdo imborrable con esta reunión de almas inmortales y cuerpos algo envejecidos y sin duda más pesados.
No tengo claro por qué hoy volvemos a vernos, en esto el cancionero se contradice, pues al mandamiento sabiniano de al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver se le opone la insurrección vargasiana y no siempre intencional del que vuelve siempre, guiado por una suerte de destino, a los viejos sitios donde amó la vida. De ahí, quizá, que diez años después y sin haber cambiado mucho y, aunque en un mundo objetivamente peor, estemos otra vez aquí, paseando por el camino menos transitado, el que elegimos un día e hizo toda la diferencia, y planeando un nuevo regreso a nuestra particular Ítaca pidiendo, eso sí, que el camino hasta ella siga siendo largo, lleno de aventuras y experiencias que podamos contarnos otra vez aquí dentro de diez años.