DIARIO FRANK SINATRA (I). Invito a Ava a cenar.

Hace casi un año, durante una noche de insomnio, sentí que mi cuerpo se desplazaba ajeno a mi voluntad hasta sentarse delante del ordenador con la intención de teclear unas cuantas palabras. Tuve que esperar al día siguiente -al encender el portátil el procesador de textos seguía abierto-, para comprender el contenido. Se trataba de una suerte de diario del mismo Frank Sinatra, uno de mis cantantes favoritos. Esta es la primera de una serie de cuatro entradas. 

 

18 de enero de 1948

Acabo de conocerla y ya siento que forma parte de mi piel. Aún no sé cómo he podido dejarla marchar sin meterla a empujones en la cama y sin probar el tacto de sus tetas –joder, qué tetas, apenas pude dejar de mirarlas asomándose por el escote de su vestido negro–. Y mira que ambos estábamos borrachos y dispuestos, pero en fin, a Ava le entró un ataque de vergüenza y de compasión por el pequeño Mickey. En el fondo de su corazón sabía que, de haberse acostado conmigo esta noche, no habría más papeles para el bueno de Rooney en la película de su vida. Y claro, es difícil no sentir lástima por un chico como él. Sin duda es un tipo entrañable.

Aún recuerdo el día en que Sammy (Cahn) y Jimmy (Van Heusen) me dijeron que Ava se hospedaba en uno de los apartamentos de Sunset Towers y que nosotros teníamos visión directa de su terraza. Numerosas noches, borrachos, con los sentidos suspendidos, la vitoreábamos para que saliera a saludarnos. Cuando lo hacía, el firmamento parecía descender sobre nosotros y encerrarse en sus ojos verdes, esos que parecen acoger todas las tentaciones pecaminosas que la iglesia católica se ha inventado para dominar a los mentecatos. Hoy sé que esa mano se dirigía en exclusiva a mí, al puto Frank Sinatra, al tipo más duro que ha parido el coño de una mujer italiana. Y eso ya es decir.

Precisamente mi madre se habría sentido orgullosa si hubiera podido ver el banquete que le he preparado a Ava esta noche. No faltaron fetuccini, ravioli y sorrentinos. No faltó vino siciliano con solera y, por supuesto, vodka, su bebida favorita. Me encanta, por cierto, cómo bebe. En toda la velada no paró de reír y de beber, de beber y de reír. Bueno, también hizo alguna pregunta sobre Nancy y sobre esa estúpida noticia que ha publicado la prensa. En realidad puede que sea cierto que mi mujer esté embarazada de nuestro tercer hijo, pero eso a Ava no le tiene por qué importar. Yo la amo.

Sí, lo sé. La amo. Está hecha para mí. Es soberbia y fanfarrona y actúa guiada por una suerte de instinto felino que no le deja pararse a analizar los destrozos y las consecuencias de sus actos. Y qué decir de sus curvas y de sus piernas. Ah, y aún hay una cosa más, Ava expulsa fuego por la boca. Sí, lo pude comprobar cuando me acerqué a besarla y mis labios estuvieron a punto de quedar calcinados. Pero no fui yo el que se apartó. Según ella, íbamos demasiado deprisa. Y sin embargo, aunque me jode haberla dejado escapar, siento que Ava y yo nos volveremos a ver muy pronto y que juntos haremos un buen equipo. Estoy seguro de que entre los dos generaremos tanta electricidad como para iluminar todos los casinos de Las Vegas y Times Square en Año Nuevo. Pero por el momento tendré que contentarme con escribir esta mierda en este puto diario, a la luz de una triste bombilla, acompañado por una botella de whisky. Salud.