Compañero de hostales, compañero

Me preocupan los gemidos de la habitación de al lado. Son tan exagerados e irregulares que quiero pensar que es un vídeo de esos que nunca se ven hasta el final. De lo contrario tengo un problema, y el día ha sido largo.

Sevilla es la ciudad más bonita de España. Esperen antes de sacar sus certificados de empadronamiento y sus armamentos los residentes en Salamanca, Granada, Santiago, Toledo,… Sevilla es la ciudad más bonita de España porque recoge lo mejor de cada una, tanto que uno puede visitarlas todas al mismo tiempo: los recovecos escarpados del Sacromonte granadino, los callejones toledanos, la monumentalidad grandilocuente del entorno de la catedral de Burgos o la Sagrada Familia de Barcelona, los espacios abiertos de Madrid o Vitoria, el río articulador de Bilbao o el gusto por la cultura gastronómica de Logroño o San Sebastián. También las plazas de armas latinoamericanas, los puertos fluviales del corazón de Europa y los zocos norteafricanos. Todo ello aderezado con flamenco, toros y devoción al cristo y a la virgen. Se lo dice un castellano con dos jotas delante del primer apellido, ajeno al mundo taurino y escéptico también en lo religioso. Háganme caso: Sevilla es la ciudad más bonita de España.

Lo peor de Sevilla es que no da facilidades al hombre que camina solo con una excusa cualquiera, sea esta echarse a la mar o presentar un libro. Si en Madrid la unidad fundamental de paseo es el individuo, ensimismado y absorto en sus pensamientos, en Sevilla, evitando utilizar un término tristemente empleado en estos días, hombres y mujeres tienden a actuar en grupo y festejar colectivamente la suerte de estar vivos. No tardé en darme cuenta de ello, cuando a primera hora de la mañana, nada más aterrizar en la Plaza Nueva, un señor interpelaba a otro de la siguiente manera: “están dando premios, Manolo (silencio), al que mejor se sienta en el banco”, reía. Es decir, Manolo no era el tipo taciturno e ignorado al que había etiquetado al colocarme junto a él para liberarme del peso de la mochila por un instante, sino toda una eminencia de aquel pedacito de terreno en el que cada poco edifica su templo.

Tal vez por ello, durante todo el día me comporté de modo que siempre pareciera que estaba esperando por alguien. En el bar-librería La Caótica pedí permiso para coger una silla de otra mesa para situarla junto a la mía. Por Sierpes caminaba mirando hacia atrás, como si estuviera tirando de alguien muy curioso o remolón. En Plaza España todo fue más sencillo: hay tanta gente que no es difícil pasar por alguien que dentro de un grupo de cuarenta turistas busca un ángulo novedoso de fotografiar tal suntuosidad. En Triana visité cada poco tiempo la casa de una cofradía y, de regreso al centro histórico, estuve a punto de simpatizar con uno de los muchos naranjos del famoso patio al que dan nombre y olor, sobre todo en plena floración. Ah, lo olvidaba, en una panadería pedí dos trozos de empanada “para llevar”.

Es cierto, es una obsesión, pero, ya les digo, no me comporto así en Madrid: por Retiro o Lavapiés. Debe ser cosa de Sevilla, quillo, de Sevilla y de la aventura de acudir a presentar un primer libro a una ciudad que no había visitado nunca. Menos mal de los amigos. Y de la buena gente sevillana que tras escuchar el “compañero del alma, compañero” que cierra la mejor elegía publicada en lengua castellana en todo el siglo XX, permanecieron atentos a los primeros pinitos delante del público de un crío de Salamanca que llegó para profanar la sagrada tierra machadiana con unos relatos sobre deporte, como si los goles o las canastas tuvieran algo que ver con la vida, Dios o la alta filosofía.

Conecto el mismo canal que el huésped de al lado, al que he pillado “in fraganti” cuando ha saltado ese sonido inconfundible que anuncia una película de cine para adultos. Pero quién soy yo para juzgarte, compañero de hostal, compañero. Mañana, si quieres, intercambiamos libros.

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