Antes de que florezcan los naranjos

Hace casi dos años me atreví a decir que Sevilla es la ciudad más bonita de España. Me invadía el optimismo del turista novato, del “escritor” recién publicado, de un sorprendente idilio con la vida. Era mayo y aún olía a azahar en la Plaza Nueva, transitada por miles de curiosos, ocupada por múltiples casetas de editoriales y por los vecinos de siempre. Tal vez en aquel momento un páramo yermo hubiera merecido el sobrenombre de paraíso, tal era mi entusiasmo, por lo que este domingo, afectado por una derrota, con apenas cuatro horas de sueño, sin un libro bajo el brazo ni un amor que pasear de la mano, me sumergí en sus calles con ánimo científico.

En sus calles vacías por las que en Semana Santa se llora y se sangra, por los barrios que conservan el aroma de los platos sefardíes, por las plazas que asaltan al viajero y lo desorientan un poco más en la búsqueda de esa Sierpes en la que se amontonan las leyendas, con sus tiendas aún cerradas, cargándose en la noche para no parar de murmurar, hablar y gritar durante el día. La luz tenue, las sombras de los naranjos en las fachadas, el correr del agua por los antiguos brazos del Guadalquivir, ahora acequias que dividen las callejuelas de estrechas dimensiones, de paso angosto y techo azul que se comunican entre sí a través de infinitos aunque diminutos arcos, generaban una atmósfera inquietante. Las huellas de Murillo y Gerardo Diego, de Velázquez y Machado señalaban un camino que, el viajero no esperaba otra cosa, no conduce a ninguna parte, ni siquiera a un huerto claro donde madura el limonero.

Que Sevilla es la más andaluza de las ciudades castellanas y la más castellana de las ciudades andaluzas –la más musulmana de las ciudades cristianas y la más cristiana de las ciudades musulmanas– lo explica por sí sola la Giralda, campanario cristiano sobre alminar almohade, desde la que se puede observar uno de los más sofisticados productos del gótico europeo, erigido sobre los cimientos de una majestuosa mezquita. Para nuestro consuelo, ante las llamas que destruyeron uno de los pocos santuarios universales y europeos el pasado abril, nuestra señora de Sevilla sigue en pie: la custodian calesas y turistas japoneses, muchos cristos y las vírgenes que consiguen, a duras penas, no envidiarla.

Sevilla es el sur de Europa, el norte de África y el sol naciente de Latinoamérica, lo que la globalización debería ser en cualquier punto del planeta: un acento característico, un cante propio e inconfundible que abraza al viajero pero no lo estrangula. El sevillanismo es al mismo tiempo orgullo del terruño, de la tradición y la fiesta local; ticket de embarque hacia nuevos mundos y puerto de llegada para viajeros de todas las latitudes. Mientras en otras coordenadas se exige un ADN concreto, en Sevilla basta con la condición de humano para entrar en sus guaridas, en sus tablaos, en sus terrazas que miran al océano deteniéndose, de vez en cuando, en otras terrazas. No en vano tiene también, Sevilla, aire de chisme, una indisimulable ruralidad, en el mejor sentido de la palabra.

De ahí que viajar a Sevilla sea también regresar a casa. A una Salamanca sin frío, a una Granada sin cuestas, a un Toledo con mar (he dicho bien). Regresar a casa y volver a ser joven, que es lo que consiguen las ciudades consagradas a la calle, la plaza y el patio, al juego y la conversación. Señores, Sevilla es la ciudad más bonita de España para quien escribe estas palabras. También a las seis y media de la madrugada, en el dolor de la derrota y antes de que la primavera haga florecer los naranjos.

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