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Llevo una temporada en la que las agujetas de las piernas, que hacen cola y se agolpan en los gemelos, muslos y glúteos cada vez que subo un puñado de escaleras, me impiden pensar con claridad, conectar ideas, mirar el mundo y comprenderlo al margen de los colores que se nos muestran y las certezas de quienes me rodean –al parecer lloverá el domingo–. O tal vez sea cosa de la falta de práctica y estímulos y de la geometría de mi labor diaria –que aborrecí siendo pequeño, doblando prismas y conos, dibujando bisectrices–, aunque se me plantee ahora como un juego.

Agradecí encontrar en un libro de Vila-Matas (agradecí leer, antes que nada) la siguiente cita de Henry Miller a propósito de su conocida estancia en París: “De lo poco que vi saqué la conclusión de que los hombres que más se empapaban en la vida, que la moldeaban, que eran la propia vida, comían poco, dormían poco, poseían pocos bienes, si es que poseían alguno. No mantenían ilusiones en cuestiones de deber, de procreación, en los limitados fines de perpetuar la familia o defender al Estado”.

De esta será de quien me finja enamorado”, pude haber pronunciado, citando sin saber a Don Quijote, en una de esas muchas noches en las que me dormía (es un decir) pensando en mi compañera de pupitre. Puede que me gustaran sus recién estrenadas curvas (les ruego no me echen a la hoguera o censuren mi pobre creación artística: el delito ha prescrito y por entonces era inimputable), o que disfrutara con su sentido del humor, o con el hecho de que ella disfrutara con el mío, pero lo más relevante era eso, el fingimiento. La necesidad de fingirme enamorado.

El pasado lunes regresé a ese lugar donde nunca debiera haber vuelto. Descubrí un extraño placer al imaginarme con dieciséis años menos, apoyado en la barandilla o mirando a través de la ventana del tercer piso a mi compañera de pupitre jugando en el patio. Diseñé campañas turísticas avaladas por todos los colegios e institutos del mundo, por los antros que servían alcohol de espaldas a la ley a menores de edad, por los destinos habituales de las excursiones de fin de curso: un nuevo modo de explotación de la nostalgia en el que se pone en valor la esquina de siempre, el columpio oxidado y se celebran “despedidas de la juventud”, donde salen a bailar, y se desnudan, la gogó de la discoteca de Salou y el maromo, ahora desempleado, que iba a recoger a las chicas a la salida del instituto en una Vespa último modelo.

El pasado lunes, sin esperarlo, encontré en un auditorio de alumnos de tercero y cuarto de la ESO, numerosas miradas cómplices que se sonreían cuando, al tratar de explicar el porqué de la portada de “Hasta que la noche nos alcance” evoqué aquellos juegos infantiles que se desarrollaban al caer la tarde, con el olor de la cena tratando de imponerse al del sudor, la goma o el cuero. Encontré seres llenos de historias, chicos y chicas que escriben, aunque no dejen nada por escrito, que tratan de asomarse a la realidad por las rendijas que dejan, menos mal que no lo saben, los que nos la intentan contar con todas sus certezas: la de que lloverá el domingo, la de la obediencia al estado o a la labor procreadora. Seres con ganas de narrar que de ese otro, o de aquella otra, fingen estar enamorados.

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