Llorarás Barcelona

Todos los meses hay un día en el que emprendo con diligencia la cruzada de pasar la virgen (María Auxiliadora) a la vecina que le corresponde por turno. Me enfundo el gorro y unas gafas de sol muy oscuras para que mi escepticismo iconoclasta no se vea mancillado públicamente en el ejercicio de tan mariana labor y avanzo con sigilo por el pasillo que nos separa antes de llamar a su puerta y decir a gritos mi nombre (tras lo cual compruebo, mirando a ambos lados, que no hay nadie que pueda verme) para confirmarle que no tiene por qué preocuparse. Normalmente la misión no dura más de unos pocos segundos, los que me lleva el protocolario saludo y el acto mismo de la traditio. Sin embargo, hoy el rito se prolongó durante varios minutos que no olvidaré.

Julia enviudó hace tres o cuatro años. Su marido, Santiago, era un amante de las colecciones que acompañaban a los periódicos (cuando se vendían periódicos de papel), especialmente a El Mundo, un hombre de rica y dilatada conversación compuesta de dos principales ingredientes: la experiencia y la reflexión. Su agonía fue terrible, llena de dolores, de atisbos de esperanza rápidamente mutilados por nuevos e imprevistos contratiempos. Si no me compadecí más de su desdicha fue porque a su lado –más bien un par de pasos por delante, física y metafóricamente– siempre estaba ella, con su bastón de madera, símbolo de mando y dominio más que de las típicas goteras octogenarias.

Siempre había pensado que el suyo, al menos de puertas hacia afuera, había sido un matrimonio ejemplar, una amalgama perfectamente equilibrada de la piedad y devoción cristiana de ella con el laicismo crítico y militante de él. Hoy me enteré que ella era una mocita madrileña –yo siempre había pensado que era oriunda de Salamanca– y que fue en la capital donde se conocieron. Hoy supe, de parte de sus labios llenos de pequeñas heridas, que Barcelona, la villa en la que Santiago encontró empleo como estibador, no le entró por los ojos en un primer momento, no si la comparaba con ese Madrid “señorial” y luminoso que dejaba atrás.

A él no le gustaba el mar. Y eso que no vivían lejos del paseo marítimo. Tampoco del puerto, al que Santiago acudía puntual a las 6:30 cada mañana para pasar las siguientes trece horas. Quizá fuera eso lo que a Julia no le gustaba de Barcelona, lo que la lleva a definirla, aún hoy, cincuenta años después, como “ciudad de trabajadores”. Despertarse y encontrar la cama vacía, comer sola escuchando la radio, encontrarse con un hombre distinto, molido, aún más silencioso del que la había abandonado de madrugada, al regreso de tan dura jornada. A él no le gustaba el mar, decía, y por eso la alertaba cada mañana tras besarla castamente en la mejilla: “ten cuidado si te bañas. No sea que te pongas a caminar y llegues a Mallorca”.

Ella le hacía caso. Temía a las olas como a la furia del Dios de los judíos. Sobre todo su poder acaparador, esa resaca que bien podría llevarla a la mayor de las Gimnesias, como le advertía su marido. Siempre iba con su vecina de arriba, Anita, de quien recuerda enseguida, de manera automática, con una leve mueca de contrariedad, que murió antes de venir ellos a Salamanca. Allí en la playa pasaban las horas, siempre que la Tramontana no soplara con ese desdén que la caracteriza, y aunque el cielo luciera gris. Y allí mantenían conversaciones sobre sus esposos, sus aficiones, las andanzas del párroco y también sobre Barcelona, esa aldea que las había acogido entre sus costas y sus sierras y sobre la que una tarde Anita le soltó a Julia una predicción lapidaria: “Un día, allá donde te encuentres, poco antes de morir, llorarás Barcelona”.

“Fíjate qué tonta. Una jornada de verano –hacía un calor insoportable– le dije a Santiago que se preparara y fuéramos a ver llegar los barcos al puerto y él me respondió, claro, qué tonta, que en la Plaza Mayor de Salamanca pasaba mucha gente, pero rara vez en barco”. Entonces le di un pequeño abrazo –está muy débil y no hubiera soportado la intensidad del que me hubiera gustado ofrecerle– y comprendí que el día en el que pronunció la frase no tuvo un lapsus de memoria, sino un lúcido sueño que la colocó frente a una ventana, por la que se colaba la luz del Mediterráneo, junto a un Santiago aún joven, y vivo, y enamorado. Tan joven, vivo y enamorado como para imaginárselo, una vez más, pronunciando esa frase que Julia repitió más de cinco veces mientras le entregaba la virgen: “Ten cuidado si te bañas. No sea que te pongas a caminar y llegues a Mallorca”.

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