Es fuego helado

La conocí un domingo hace catorce años, de visita con el instituto, iluminada por el sol de marzo y coincidiendo con la salida de los fieles, que llevaban palmas y ramos de olivo. Le tomé un par de fotos, consciente de su belleza y de todas las ocasiones en las que me la había encontrado en libros. “Nuestra Señora de París, oh là là!”, exclamé para mis adentros admirando los trabajos combinados de arquitectos, ingenieros, artesanos y obreros; tal era el poder armonizador de Dios en la Edad Media.

 

Con el paso de los siglos los relatos se fueron acumulando en el palimpsesto parisino. En nombre de las sucesivas monarquías absolutas se construyeron suntuosos palacios y parques urbanos que importaron la naturaleza de los feudos colindantes y la colocaron junto a la roca y el ladrillo de la otrora Lutecia. Racionalistas e ilustrados consiguieron que los parisinos celebraran los triunfos del estado, la ciencia y la administración en grandes edificios y avenidas lo suficientemente anchas para evitar las posibles emboscadas del pueblo sublevado. Haussman ampliaba las arterias de París al tiempo que los bohemios tomaban sus colinas y, más tarde, los existencialistas, ponían de moda el boulevard St Germain.

 

Von Choltitz, gobernador alemán de la ciudad en 1944, desobedeció las órdenes de Adolf Hitler quien pretendía destruir la ciudad antes de abandonarla. También quedó al margen, Notre Dame, de la ira de la comuna derrotada en 1871 o de los revolucionarios iconoclastas que impusieron el régimen del terror. No, en cambio, del error humano que hoy la tiene arrodillada, llorando humo por sus poros y estrías –las gárgolas no escupen fuego–, haciéndonos a todos los que la amamos porque la vimos, o porque aún teníamos pendiente su visita, aguantar la respiración como si los gases que emite la catedral de Europa pudieran llegar a nuestras casas y aturdirnos y paralizarnos.

 

Una vez más, ya tuve esa misma impresión tras los atentados en la sala Bataclan, me doy cuenta de que París es la capital del mundo por más que otras urbes luzcan edificios más altos, neones más espectaculares o presuman de ser más cosmopolitas. Si cuando Wall Street estornuda, el resto del mundo se resfría, cuando arde París sucede también lo mismo: el fuego hoy, como bien dijo Quevedo, es fuego helado.

 

Y es que París bien vale una misa, esto es, una conversión, abrazar el viejo credo, volver a creer en la belleza, en Europa, en la democracia. O alterar la frase de Kennedy y admitir que todos somos parisinos, hijos de la enciclopedia, paseantes sin propósito, degustadores de pan recién hecho, ciclistas con tubulares al hombro. Hoy toca creer que su “grandeur” no reside en la estabilidad de sus muros.

 

Creer y volver a ver Casablanca para entender que Rick no solo se refería a su historia de amor con Ilsa cuando pronunció siempre nos quedará París, último refugio de la belleza contra la barbarie y principal obra humana del último milenio; cuna de nuestros derechos y resultado de una concepción del arte y del tiempo muy distinta a la actual. Ante un incendio que invoca el vanita vanitatis del Eclesiastés yo prefiero citar a Hemingway y su París no se acaba nunca antes de fundirme en un abrazo con todos los que aún estáis abatidos.

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