En segunda persona del singular

Ya dentro de la peluquería te preguntan que cómo lo quieres, no si como siempre ni si tu padre está bien. Pides una barra pensando en una barra y la barra resulta ser otra cosa, un amago de colón o fabiola, lo que tratas de explicarle, sin fortuna, al tipo que te atiende, olvidando que esta no es la tienda de la esquina ni la manzana de casa y que los nombres han intercambiado su significado.

El río quiere ser un río y ofrecer su tributo a la mar. Pero tampoco es tu río: sus colores lo delatan. Y el viento sopla de otra dirección: no sabes bien cómo resguardarte ni si el púrpura de las nubes al atardecer anuncia lluvia o sol para mañana. La ranchera que suena en la cafetería que te acoge canta a una nostalgia que no te representa, galantea a una mujer que ya no existe. La canción trovadoresca se niega a morir en medio de su funeral.

No escribes, pero no te frustras por ello: así no malgastas la vida haciéndolo. No, al menos, de este modo. Has elegido otro cualquiera, que te gusta y se adapta bien a tus posibilidades, que te reta tanto como indican los manuales contemporáneos, que le ofrece ese sentido ateo y utilitarista a los días. Atiendes una suma de tareas, moldeas tu calendario al margen de las estaciones, aceptas los designios de la nueva biblia con devoción neocristiana. Los versículos se ramifican en partículas cada vez más diminutas: cuesta creer que exista un demiurgo que los ordene.

El acordeonista, que toca “Strangers in the night”, te dice gracias; es la primera vez que le echas unas monedas, no tardarán en sobrar las palabras. Los soportales están vacíos, como páginas en blanco. En ningún rincón yace una partícula invisible del carmín que borraste de unos labios; tras ninguna de las ventanas de la ciudad duerme la mujer por la que aún te desvelas con una frecuencia irregular.

No ha llegado aún la primera brisa fresca del otoño y ya moqueas como en los fríos eneros del campo del que procedes. No hace falta un idioma distinto para sentirse extranjero ni cubre un precioso café la nostalgia de aquel otro, donde te creíste dichoso. Dudas entre el beso y el apretón de manos como saludo, te sientes obligado a explicar algunos de tus principios, tal vez por comodidad renuncias a buena parte de ellos. Regresas, finalmente, a esa patria itinerante que son los libros. En su reconocible idioma encuentras la medicina contra la tos, la extranjería y el exceso de realidad. A la muchacha de la mesa de al lado la llamarás…

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