Donde viajar es un verbo transitivo

En Salamanca, vivienda apacible, “viajar” es un verbo transitivo. Aunque solo sea para poder ser conjugado en una voz pasiva que aterraría a los académicos y erizaría los pelos de los narradores clásicos. Evítala, te dice con la mirada el profesor cuando en tu primer día en el curso de escritura creativa comentas que alguien acaba de ser atropellado por un coche.

Tal es su atractivo como posada, como morada transitoria y encrucijada de historias que se acuestan entre sí, sobre sábanas de lino, con la tuna de fondo. Historias con personajes que dejan en la ciudad algo más que restos de piel inerme sobre el terrazo; recuerdos no tan etéreos como las promesas pronunciadas en la estación ni tan concretos, o determinados, como una rana abandonada en el cajón de una mesilla de noche.

Salamanca perdona, pero no olvida. De ahí que acumule restos de sangre en sus fachadas, vapor de lágrimas condensadas cada invierno junto al Tormes, pétalos de margarita en primavera sobre los parques –me quiere, no me quiere, el primer año; me quiso, no me quiso, el último–. Cada una de las grietas que se acumulan en los edificios antiguos son costras mal cicatrizadas, duelos que la ciudad sigue librando cada estío, cuando no es posible dormir, tampoco, por el calor y los relatos adquieren tintes autobiográficos. Ya murieron, o se fueron, los que nos leían aquellos cuentos. Cantan nanas los grillos, pero es inútil: nada silencia un ego desvelado.

Las cafeterías son sus mejores detectives, los faroles sus espías mejor mimetizados con el paisaje urbano. Los parques, testigos involuntarios del primer empujón en el columpio, tierna metáfora de la vida que el niño ignora mientras ríe y grita. Salamanca baila con sus huéspedes guardando una prudente distancia: se sabe bella y elegante, acepta los cumplidos, pero retira la mano indiscreta, cualquier declaración de amor eterno: no tardará en llegar el último curso. Siempre hay otra ciudad más atractiva, una promesa de vida mejor, una vocación, un hombre, una mujer por la que perder la cabeza y la memoria. No consuela la postal que parafrasea aquello de “nunca fui tan pobre y tan feliz”.

Salamanca es viajada cada poco. Lo sé porque he estado veintiséis años trabajando sin sueldo en su terminal de llegadas, conviviendo con residentes que ignoran que todos los visados que una ciudad como esta expide son de turismo, más o menos prolongado. He conocido dominicanos, japoneses, mongoles, argentinos, brasileños, australianos, canadienses; poetas, pintores, paseantes, parados e, incluso, ocupados trabajadores. He sobrevivido al tedio de los lugares comunes, a la historia que se repite aun con diferente acento. Pero también he pronunciado aquello del “homo sum” cuando sentía como propias las palabras y ardían en mis entrañas las mismas llamas que salían de la boca de mi interlocutor.

Salamanca es una ciudad viajada, como viajados hemos sido todos los que hemos ido renovando año a año, posibilidad desechada tras posibilidad desechada, este pasaporte de turistas. Era fácil distinguirnos entre quienes, al contrario, conjugan el verbo viajar en su voz activa: nosotros andábamos mucho más despacio, encorvados por el peso de la nostalgia, cojeando de ambas piernas, temblando de miedo. Nosotros fuimos viajados al acogerlos y al despedirlos. Muchos de ellos, incluso, nos recuerdan.

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