Y tú, ¿quién quieres que te extrañe?

Un enorme cartel con el skyline de Madrid apenas esbozado en el horizonte: “Si quiere un Madrid más vacío: NO NAZCA”.

Decía Forges, en una entrevista concedida a Jot Down, que la única autocensura que se aplicó fue la de no hacer sufrir a nadie con sus viñetas y que, para ello, le bastaba con dedicar tres días a darle vueltas a las neuronas. De hecho, en todas las entrevistas repetía esto como un mantra, quitándose mérito. “Si tú no lo haces es porque no te sientas tres días”. Lo mismo a Serrat que a Gemma Nierga o a cualquier otro joven periodista ansioso por descubrir la fórmula de su inagotable creatividad. Tres días que, por lo visto, no se han podido permitir otros presuntos artistas situados en el foco mediático. Con la injusta condena al rapero Valtonyc este país pierde calidad democrática y pone en riesgo el ejercicio de la libertad de expresión, pero con la muerte de Forges crece la amenaza de que muchos más mediocres impongan un discurso carente de matices, ironía y, en definitiva, inteligencia, bajo el cada vez más amplio paraguas de la palabra arte.

Un señor con boina a su hijo pequeño frente a un pozo. “Mira hijo: el mar”. El determinismo geográfico, las diferencias de clase, los tópicos de una España en la que toda mirada al pasado, por su parecido con el presente, conduce a exclamar ese chiste del “parece que fue hoy”. Cualquier tema de actualidad, por incómodo que fuera, aunque conllevara amenazas de muerte firmadas por fascistas de las dos orillas, era ampliado por las lentes del humor, esas que primero reducen el asunto al absurdo para luego hacer zoom en su esencia y dejar pensando al lector.

Dos caminantes, los Blasillos, en un paisaje rural:Hoy he ido a la biblioteca municipal para pasar el rato, pero resulta que ya había leído el libro”. “Yo tres veces”. El eufemismo, la metáfora, una sutileza que hubiera escapado del afán condenatorio de cualquier censor. Una suerte de hechicería capaz de salir indemne de la más exigente ordalía o caza de brujas. No pueden evitar reírse ante sus chistes ni los mismos políticos o funcionarios caricaturizados, tampoco el ciudadano de a pie, esos Homer y Marge que en blanco y negro, y no en amarillo, retrata Forges en el salón o el dormitorio de sus casas, incurriendo en esos comportamientos que, por habituales, no nos producen rubor o sonrojo, y que solo vistos desde fuera tienen la capacidad de abochornarnos. La mayor parte de las veces, a la lectura de sus viñetas le seguían una fugaz carcajada y un prolongado silencio.

Una goma, un lápiz, una pluma, un tintero que piensa en voz alta “qué raro, ¿dónde estará?”. Un homenaje póstumo a un hombre que era feliz en su oficio retratando a aquellos que no lo eran tanto, ya fueran náufragos o millonarios. Una viñeta que me hace reflexionar sobre el verdadero sentido de la existencia, muchas veces definido en base al éxito profesional o al de las relaciones interpersonales. ¿Y si todo se mide, al final de los días, por la calidad de los amigos que nos recuerden y por la fidelidad y la naturaleza de las herramientas que nos echarán de menos el primer día que no acudamos a trabajar? No sé. Le dedicaré tres días a darle vueltas a las neuronas.

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