Noche de San Juan

Yo tenía un pueblo. Seguro que muchos de vosotros también. Por él pasaba un hilo de agua que llamaban regato y un regato que llamaban río y del que se sentían muy orgullosos, tanto que eligieron su nombre como apellido para el pueblo y para varias villas más, todas las que se veían desde lo alto del monte un día cualquiera de verano, siempre que la canícula no se instalara en los valles e impidiera esa visión, la del primer paisaje que vimos pintado en el lienzo de nuestros legañosos ojos, recién despertados al mundo.

 

No es que estuviera orgulloso de él, pero era mi pueblo y a él me iba todos los veranos sin que mediara la menor discusión, al menos por mi parte. Lo recuerdo todo amarillo, color pajizo, aunque las colinas de su alrededor eran de un rojo intenso y pese a que en torno al cauce del regato que llamaban río el verdor de los álamos y los fresnos destacara entre la llanura. Pero el resto era todo amarillo.

 

Es difícil llamar amigos a personas que aparecen y desaparecen de tu vida con marcada estacionalidad, aunque lo cierto es que el aparecido era yo, el que llegaba cada verano desde la ciudad, de la escuela bien y el acceso ilimitado a los libros con una sensibilidad tan particular que, estoy seguro, les debía resultar molesta, extremadamente afectada. Jugando con ellos aprendí todas las lecciones posibles sobre la subjetividad del riesgo y nada me pareció tan arriesgado, ni siquiera montar una moto con solo siete años, como intentar besar a Yolanda, algo que, por supuesto, nunca hice.

 

Entre otras cosas porque todo era amarillo. Un amarillo cada vez más mortecino cuya palidez se intensificaba tras cada suceso inesperado. Recuerdo numerosos acontecimientos trágicos, también una mañana en la que pensamos que un primo había muerto seccionado por su propia motosierra en el monte desde el que se divisan, si no lo impide la canícula, todos los pueblos que comparten regato, río y apellido. El primo bebía mucho. Sus hijos también. Y yo no entendía nada.

 

Que yo tenía un pueblo me lo ha recordado la Noche de San Juan, una noche que hace veinte años viví en ese pueblo de apellido fluvial y nombre de gremio. Al día siguiente, sábado, celebraban las bodas de oro unos tíos abuelos a los que mi abuela, la hermana de la novia, ya solo reconocía cuando la canícula no se posaba en los valles de su memoria. Aquella excusa sirvió para que mi madre limpiara una vez más la casa y para que yo me llevara nuevas lecciones de vida de forma totalmente gratuita y sin ser consciente de ello. Principalmente porque pensaba que el maestro era yo.

 

Que yo tenía un pueblo, decía, me lo ha recordado la Noche de San Juan y el magnífico evento organizado por Letras Corsarias en la Plaza de San Boal al filo del atardecer de un 23 de junio en el que, esta vez sí, fui consciente de mi déficit de naturaleza, del vuelo de los vencejos, de la forma de los nidos del mirlo, de la etimología de la palabra calamidad y de que mi pueblo era todo amarillo, con la excepción del verde de la ribera y el negro negrísimo del pañuelo de mi abuela, a la que todavía veo sentada en la puerta de su casa, incapaz, en igual grado, de reconocer a su hermana y de confundir el penetrante aroma de la lavanda. 

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