De Prada y Louis Vuitton

El hombre corriente está cansado y asustado, y un hombre cansado y asustado no está en condiciones de permitirse ideales.

(Raymond Chandler. El largo adiós)

Una exigua luna menguante se refleja en el Mediterráneo a las 5:30 de la madrugada, junto al núcleo urbano de Puerto Banús. Nunca antes había estado en Marbella, como nunca antes había asistido a tal desfile normalizado de prostitutas, mercenarias del sexo sin amor que se llaman guapas las unas a las otras, recordándose, tal vez, que hay belleza en una transacción comercial que no me generaría ningún rechazo si fuera completamente libre (nada lo es), si no reflejara una visión tan antigua de las relaciones macho-hembra; si no nos retrotrayera a un escenario de barbarie dominado por las hormonas o, peor aún, si no anticipara que el futuro, aunque más tecnológico y sofisticado, no será diferente en el campo de la seducción y la sexualidad, al menos en términos sociales, no quiero meterme en su cama.

En el paseo marítimo de Puerto Banús no hay bancos de madera en los que sentarse a escuchar el rumor del mar. Supongo que en una operación urbanística semejante a la que el Barón Haussmann emprendió en el París decimonónico, algún avezado arquitecto quiso despejar el camino de los que huyen de los sicarios y sus balas. Hay muchos motivos para escapar en Marbella: deudas de juego, lobos hambrientos, maestros de la vida que no dudan en impartir sus lecciones a jóvenes ingenuos que, por ley natural, si sobreviven, se convertirán en futuros docentes del horror. No es posible sentirse seguro en Marbella, entre tanto billete falso con espejos grabados que reflejan tu rostro.

Hemos construido –nos ha venido dado– un edificio que se sostiene sobre las cínicas reglas del dinero, personaje central de un relato en el que la esperanza actúa como el héroe fracasado que ya ni siquiera lo intenta. Hay muchos euros, y muy pocos buenos augurios, entre estas casas blancas que dan la espalda al mar y albergan hombres que guardan luto por el próximo caído (o porque el negro sienta de puta madre). “Antes muerto que pobre” es el subtítulo que debería presidir, junto a las grandes letras de “HOLLYWOOD” o “MARBELLA” las colinas que te dan la bienvenida al infierno. Y no este sol, y su luz mezclada con la bruma, tan mentiroso por espléndido.

El nacimiento del día desnuda el contraste existente entre las sierras calizas, estribaciones de la Penibética que se despeñan contra la costa; el azul del Mediterráneo, que disimula el gris de la historia, y el naranja del cielo amaneciendo, que se cuela por el resquicio del horizonte y nos permite encomendarnos a la fantasía. La fantasía que nos permitirá seguir hasta el punto de no dudar en tomar otro tren de regreso. Eso y caminar por Logroño, Santiago o Granada, como si no supiéramos lo que ahora sabemos.

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