Glosas sabinienses

“No admite su mester de juglaría más balazo que el sol cuando despunta”

(Luis García Montero, prólogo a Ciento volando de catorce)

Fue en un pueblo con mar, una noche después de un concierto, sí.

Es cierto: tú querías dormir con ella, sí, pero ella quería dormir sola.

Luego todo pasó –esto sí– de repente; ella puso su dedo en tu espalda,

pero no dibujó un corazón, porque antes ya estaba tu mano debajo de su falda.

 

Y no, no sabe de sobra –ni se lo cree– que sea la primera.

Sí, en cambio, que vas por los tejados como un gato sin dueño,

y que te envenenan los besos que vas dando,

y que cuando duermes sin ella, con ella sueñas.

Pero que te jodan, piensa.

 

Que te jodan, Joaquín, por no querer un amor civilizado,

por no querer cargar con sus maletas ni un columpio en el jardín.

Que te den por culo, Sabina, por no buscar un trabajo para llegar a fin de mes,

y por desearle la muerte, aunque tú mueras también.

 

Y ahora que las floristas siguen sin saludarte –a mí no me engañas–,

ahora que sigues sin tener ni idea de lencería –a ellas tampoco–

y que todavía tropiezas en los bailes de salón, tenía que decirlo.

Tenía que decirlo porque me sobran los motivos para hacerlo

y porque, a pesar de todo, no acuso a tu corazón, cerrado por derribo.

 

Nada tengo que añadir, sin embargo,

sobre el mezquino hurto que sufrieras cuando abril era lo único que te quedaba.

Tampoco sobre el tequila que a cada duda tomaste por el Boulevard de los sueños rotos

ni sobre la iluminación que tuviste en Comala, ya sabes,

“al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”.

 

Mas sé que regresaste allá donde se cruzan los caminos

y que te bajas en Atocha

buscando acaso un encuentro que te ilumine el día

–con Magdalenas o princesas rubio platino–,

no hallando más que puertas que niegan lo que esconden.

 

Y es sabido de todos, no hacen falta glosas para ello,

que mientras hacías trampas al póker y defraudabas a tus amigos,

que mientras confundías con estrellas las luces de neón,

componías la canción más hermosa del mundo.

 

Y no hacen falta glosas, tampoco, para saber

que te hemos querido tanto que ni 19 días y 500 noches

bastarán para olvidar tus letras cuando llegue, quiera que tarde,

esa sala de espera sin esperanza,

esa misa de réquiem a la que nunca fuiste aficionado

y para la que el cura que ha de imponerte la extrema unción ya ha dejado de ser monaguillo.

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