Memoria y ritual

Si un alto porcentaje de la humanidad, esto es algo más que una teoría, padece angustia vital es, entre otras cosas, porque en su camino hacia las estrellas, con escala en la gran ciudad, el ser humano ha olvidado llevar consigo los rituales. Sí, las ceremonias, religiosas o laicas –qué más da–, los sacrificios, el paso del fuego, los baños en agua helada; algo tan simple como las historias compartidas o los actos de agradecimiento comunitarios. En fin, no sé si este es el motivo por el que he decidido escribir cada vez que cumplo años, instituir una pequeña tradición que sustituya a la petición de los deseos, repetidamente insatisfechos, en los que pensaba al soplar las velas de la tarta cuando era pequeño.

El ritmo actual atenta contra la memoria impidiendo que los hechos se repitan con la frecuencia necesaria para poder ser fijados en el disco duro. En el prospecto se nos advierte, nadie lo lee, que los recuerdos son ese extraño “producto” que hay que conservar en lugares “cálidos”, pues se pudren allí donde el vaho se confunde con la niebla, entre los témpanos de hielo que se desprenden de los versados corazones cosmopolitas, capaces de programar un sistema de compra más seguro y eficaz en un pestañeo, corazones políglotas y viajados que conocen los límites del peso del equipaje de mano y en él llevan solo lo necesario.

La sofisticación de los soportes de registro, la mejora de los materiales y la inmortalidad que a priori garantizan, han terminado banalizando el valor de cada instantánea y provocando una lógica relajación en nuestros mecanismos de memorización. La fotografía en papel de hace dos décadas es ahora una publicación de Instagram. Para saber dónde y con quién estábamos bastará, como basta con todo, con conectarnos a Internet, visitar la red social y revisar las etiquetas y la descripción. Lo digital y su principio motor, mezcla de comodidad, conectividad e inmediatez, nos ha privado de muchos placeres: mirar las fotos es ya cualquier cosa menos una evocación grupal y gozosa –o solitaria y catártica–.

Igual sucede con la palabra escrita. Por lento y meditado que sea su cocinado, su digestión será rápida, al ritmo que exige la siguiente tarea, el próximo vicio, la llamada que ahora mismo está entrando en su teléfono móvil. Hemos “aplanado” el planeta gracias a los sistemas de telecomunicaciones y a los cada vez más avanzados medios de transporte, pero para que podamos hablar de progreso, además de conseguir una igualdad de oportunidades real, tendremos que estirar el tiempo. De lo contrario no estaremos generando más que frustración, hablando, sin darnos cuenta, en condicional, tiempo favorito de la excusa y el compromiso débil.

Confieso que soy incapaz de reconstruir las facciones de la persona más importante de mi vida, reproducir sus gestos característicos, hablar como lo hacía ella, aunque tal vez lo haga inconscientemente, como reflejo suyo que soy. Por eso, a modo de arrítmico lamento africano, a través de esta tradición que instituí para bendecir la tierra baldía que voy abonando con los residuos de los que se impregnan a diario las plantas de mis pies, me permito, además de esta reflexión sobre la pérdida de las costumbres y la memoria colectiva e individual, invitarles a sembrar un ritual en cada parcela de su vida que sientan vacía, en torno a un hecho, o una persona, que no querrían olvidar, como yo lo hago puntualmente cada 3 de agosto, celebrando la más íntima conexión que un ser humano puede experimentar.

Háganme caso: no me gustaría sorprenderles hablando en pluscuamperfecto de subjuntivo, poniendo de moda el tiempo que certifica que ya es demasiado tarde, aceptando de forma tácita, –rindiéndose, en definitiva–, la liviandad, una gracilidad incompatible con los rituales y los recuerdos. No es a esta ligereza, desmemoriada y superficial, a la que llamaba el poeta en su retrato. Él, que se pasó la vida recordando patios de Sevilla, amando “Leonores” y “Guiomares”; celebrando, aun el día de su muerte, “este sol de la infancia”.

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