Las humildes obsesiones

Para quienes regresamos al trabajo a mediados de agosto, el fin de semana festivo de la virgen de la Asunción en España adquiere tonos y colores propios de la Nochevieja. Al igual que sucede con las ciudades con climas continentales muy extremos, la vida del entrenador de baloncesto se divide en dos estaciones: invierno (como sinónimo de temporada) y verano, no siempre de la misma duración. De hecho, por unas razones u otras, el verano en sentido amplio, pues en ocasiones absorbe parte de la primavera, es la única que disfrutamos con libertad, aunque el trabajo, más aún en nuestro caso, sea servidumbre autoimpuesta; autoengaño gozoso.

De este verano quiero rescatar la inigualable belleza de Roma al atardecer y la intensidad con  que se vive en Nápoles, a la sombra del Vesubio, sobre cráteres de volcanes, los campos flégreos, a punto de despertar y, en definitiva, con la muerte en los talones. Con la muerte en los talones, pero no en los espejos del retrovisor, pues el napolitano nunca mira a la parca, aunque lo aceche, y aunque le rinda homenaje a diario con sus ritos y tradiciones, que son sobre todo para distraerla. Si Roma es la vida bella o la gran belleza, en función de gustos cinematográficos, Nápoles desmiente a Leonardo Sciascia cuando, a raíz del asesinato de Aldo Moro, escribió aquello de “Italia es un país sin verdad”. Y es que todo es real y puro en Nápoles, empezando por los pescados una vez frescos (seguro que ahora ya no) del mercado de la Pignasecca o el amor por Maradona en sus murales.

Haciendo caso de las sabias palabras de Woody Allen, los napolitanos no quieren estar allí cuando la muerte suceda. Por eso están en Spaccanapoli o en Via dei Tribunali, dos de sus tradicionales decumanos, comiendo pizza; o en Via Caracciolo, paseo marítimo donde conviven nativos tirándose de las rocas y turistas millonarios que los observan curiosos desde el balcón de sus habitaciones de lujo en el Excelsior. O en Piazza Bellini, donde sobre antiguos restos de la ciudad griega la música en directo amansa a las fieras y permite soñar a quien, como yo, no daría una nota con una bandurria.

De música quería hablarles. Y de la envidia que siento por el don que tiene mi amigo Jota Cuspinera para aprender, empeñarse en aprender y seguir aprendiendo, en este caso guitarra y canto. Cuánto disfrutamos el pasado 30 de junio viendo su estreno en solitario en la sala Marboré de Torrelodones, rodeado de los suyos, nervioso y contento por los avances realizados y al borde de la lágrima cuando recordaba a los compañeros de viaje que ya han visto llegar su barca. Qué inspirador fue asistir como público a esta incursión, a este gesto sutil, por suerte visible, con el que el niño que Jota sigue siendo nos pedía una simple sonrisa de complicidad. Solo quiere seguir jugando.

No es sencillo encontrar esta sonrisa, este guiño que da fuerzas y nos permite seguir adelante y salir de la astenia primaveral que precede al sopor veraniego que adelanta el ocaso otoñal, víspera de un duro invierno. Pocos aplauden al niño que simplemente juega, al que inventa para sí, al que maquina, sopesa o contrasta. Al que escribe versos de latón o historias sin mucho sentido sobre sus humildes obsesiones. El narrador, el poeta incluso, no alcanza una conversión física tan notoria y fisiológicamente comprobable como la que experimenta el artista musical en el acto mismo de la creación, cuando el pensamiento se traduce en tiempo real en nota, acorde, frase, estrofa, estribillo, himno. El escritor cuando crea lucha, como el músico, pero sin esperanza. No llegará a sonreír, ni siquiera cuando lea sus poemas o relatos ante un público que no baila, que no salta, que nunca pondría de fondo sus letras para hacer el amor en un Cadillac solitario o en un Simca 1000.

Aun así, aunque de alguna manera rendido; felizmente, quizá, autoengañado celebro el inicio de este nuevo curso como reza la tradición: comiendo un poco más de la cuenta, bebiendo alguna que otra copa y proponiéndome algún deseo que, después de casi cuarenta años, me atrevo a expresar, no sea que la mala suerte o su pertinaz incumplimiento se deba a haberlo mantenido en secreto. Solo quiero seguir jugando, vedi Napoli, poi mori, ver Nápoles y después morir, que escribiera Goethe en su Viaje a Italia, pero sin demasiada prisa, aunque solo sea porque la moneda cayó en la Fontana y estamos obligados a volver a Roma. Vivir para regresar y para tener algo que contarle al Moisés y a la Piedad, al Laocoonte y al Púgil en reposo. Solo unas pocas y humildes obsesiones.

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