Agosto en Salamanca podría ser el título de una cinta costumbrista cuyo argumento girase en torno al habitar, —sería generoso emplear el verbo vivir—, el existir de una típica familia española cuyos días de vacaciones tendrán que esperar a otra ocasión, a otro año, a otro trienio, a otra década quizá. En ella personajes inicialmente secundarios, solteros por vocación u obligación se reencuentran en sus calles, pasean a última hora de la tarde, o por la noche, cuando las altas temperaturas se lo permiten, y juegan a recordar el nombre de este o aquel otro garito cuando tenían entre 18 y 25 años, en el período que iba del primer año de carrera al último de máster, del primer calimocho al primer yintoni.
La piedra de Villamayor podría ser un narrador personaje de la historia, al fin y al cabo es un testigo fiel. Fiel, no a la verdad, que a nadie interesa, sino a quienes la observan maravillados y con cara de saber de lo que hablan, a quienes nunca delatará, pues su arenisca es moldeable y basta una lluvia fina acompañada de un suave viento para reinventar historias, leyendas, pasados, para que quede suprimido todo lo que no debe saberse, lo que quedó, como debe ser, en el campo de juego postadolescente en el que empezamos a gambetear sabiendo que, como sucede en los videojuegos, nos podían matar cien veces y siempre habría una nueva partida.
Salamanca, para muchos, es el lugar al que los muchachos de American Graffiti salieron a estudiar, el centro de llegada de sus primeros proyectos, el kilómetro cero de sus vidas adultas. Pero Agosto en Salamanca no trata de estos personajes, que ya vinieron y ya se fueron. Para los que somos de aquí, en cambio, Salamanca es el lugar de regreso, el escenario de la secuela, el confesionario al que venimos a lamentarnos por los caminos no tomados, resignarnos a los paisajes de las rutas elegidas y a seguir soñando en plena duermevela. Porque seguro que hay una razón científica que no quiero conocer que explica por qué los sueños estivales salmantinos son más vívidos y por qué los recuerdo cada mañana con especial claridad, hasta el punto de que el sonido que me despierta es el de un balón golpeando la puerta de una cochera reconvertida en sucursal del Banco Hispanoamericano.
Entre el Mundial de Estados Unidos de 1994 y el de 2026 han pasado un pestañeo y una pandemia. Es así como lo siento, hasta el punto de que me gustaba más en el rol de perdedor en cuartos que tras el dominio aplastante ejercido en las narices de Trump. En fin, qué exhibición de disciplina táctica, de esfuerzo colectivo, de toque y coberturas perfectamente orquestadas delante del Narciso más peligroso de la historia reciente, la que podremos recordar de manera directa. Pero hablaba de fútbol y Salamanca, y de la sensación de que perdiendo estábamos mejor, hecho que aquí seguimos practicando, no sé si por convicción o por incompetencia, que me perdonen los aficionados que estén satisfechos con un equipo en tercera y otro en cuarta división nacional.
Comprendo que estén aguardando a que llegue la acción, a que suceda algo, pero en ese caso la película no se titularía Agosto en Salamanca, sino Muerte de un turista, Ajuste de cuentas o Corrupción en el Tormes, aunque ni para esto somos especiales. Es más probable que esas tramas se rueden en Salamanca sin nombrarla ni pagar una suerte de impuesto revolucionario a la asociación de hosteleros, que se aprovechen de su envoltorio de papel dorado y se sitúen en Segovia, Ávila o Toledo, las ciudades que se anuncian en los aeropuertos y estaciones de Madrid, algo más cercanas a la Puerta del Sol, más a mano de los productores. Pero no, Agosto en Salamanca no incluye escenas de acción para no ser del interés de los espectadores, para pasar desapercibida y ocupar su modesto lugar en la cartelera, en la región, el país, en Europa, el mundo. La propia Salamanca suspira y sueña, mira al cielo y este le devuelve un eclipse como respuesta.
Un eclipse ni siquiera completo en estas coordenadas, una finta de eclipse, un amago de caderas y hombros que nos lleva al piso e intenta que sus habitantes se tengan que ir antes de que llegue el 15 de agosto y las vírgenes; antes del 1 de septiembre y los jefes. Eso los ambiciosos que quieran ver un eclipse solar completo al menos una vez en la vida, los atrevidos a los que los más pacientes y estoicos, los salmantinos de quinta y sexta generación despedirán en los andenes de Vialia citando a Pascal susurrando entre dientes que los principales problemas del hombre vienen de no saber permanecer en reposo en una habitación. En una habitación de Salamanca en agosto.