Cuestionario de habitación de hotel

La tragedia ferroviaria acontecida ayer nos enfrenta a diversos escenarios. Los magacines políticos se centran en dilucidar las causas y analizar las consecuencias. Los programas más generalistas en recabar testimonios de supervivientes, describir y recrear el horror, transmitirnos el drama hasta que sintamos el dolor de quien se toca el rostro y aún reconoce sus facciones, de quien iba en el vagón de la fortuna, el que esquivó lo peor de la colisión fatal, pero sueña, soñará de aquí hasta que muera, con miembros colgantes, fracturas abiertas, pulsos que se detienen. 

El ciudadano de a pie, el que se sienta a mi espalda, se preocupa únicamente por el estacionamiento de vehículos a la salida del colegio de sus hijos y critica la anarquía y el egoísmo de quienes obstaculizan la circulación del resto. O la de quienes no aprovechan todo el espacio disponible garantizándose una plácida vuelta a la marcha. Ha asumido como parte del paisaje la muerte de casi siete decenas de compatriotas, contribuyentes, pensionistas potenciales, administrados y futuros, ya pasados, votantes. Se preocupa por lo que le atañe, lo que llena —y vacía— su quehacer diario. 

Y yo, de natural ajeno a la actualidad, asisto perplejo a esta desgracia y me reafirmo en la inevitabilidad de la muerte, la brevedad de la vida, y me cuestiono qué esperaba a cada uno de esos pasajeros, hoy cadáveres, en la ciudad de destino. También si les movía, como si este fuera un cuestionario de habitación de hotel, el ocio o el trabajo; si viajaban solos, acompañados o con dos gatetes, como Eduarda, la chica cuyas palabras aún resuenan en mi intestino. Me pregunto si escuchaban música en sus auriculares, si se mensajeaban con un futuro ligue de Tinder o si compraban entradas para un nuevo concierto de La Oreja de Van Gogh hartándose de resetear la web por culpa del wifi.

Pudimos ser cualquiera. Cualquiera de nosotros pudo tener que viajar desde Madrid al cielo con cualquier excusa peregrina, cualquier banal necesidad de trabajo o entretenimiento. Es evidente: no vamos a elegir cómo morir salvo que optemos por el suicidio, y ni siquiera (a saber qué miedos nos asaltan llegado el momento o qué medios tenemos a nuestro alcance). Y eso hace que me obsesione aún más cómo, por qué y para qué vivir. 

Nos dirán un número, pero no hay dos muertos ni dos muertes iguales. No por la ubicación en el tren o el tipo de impacto recibido, qué más da ya, sí por los diferentes contextos y subtextos, por las distintas ambiciones y esperanzas. Seguro que algunos amaban la vida, la llenaban de sonrisas cada día. Seguro que otros estaban en medio de la bruma, dejándose toda su savia para que otros se enriquezcan a cambio de un vale de supervivencia. Todos ellos desconocen cómo será el próximo amanecer, en el que todo podría haber cambiado. 

En eso pienso yo, al menos mientras no tenga que aparcar el coche en zona escolar. En cómo quiero que me pille la parca, además de con calzoncillos nuevos y los huevos bien limpios. Me cuestiono si estoy afrontando mi vida con su inevitable presencia en el horizonte y si tendría una buena respuesta a la pregunta que tal vez nos haga para valorar si concedernos una pequeña prórroga. ¿Qué estás haciendo? 

No lo sé. Tengo en mi cabeza informes pasados y futuros, en mis manos algunos ropajes para que no pasen frío los reyes desnudos que me rodean e imparten magisterio sobre la nada. Mis piernas se mueven siempre por obligación y acuden siempre a lugares que no me recuerdan a aquellos en los que he sido feliz algún día. Puede que no me importe dónde aparcar el coche en zona escolar, pero es posible que no cogiera la mano de quien de verdad lo necesitase, que no mantuviera despiertos a los heridos, como Eduarda. Que en mi vida pasada fuera funcionario alemán y siempre, a la pregunta que te recibe en la mesilla de la habitación de hotel, respondiera que viajo por trabajo y cumplo órdenes. 

Una respuesta a «Cuestionario de habitación de hotel»

  1. Impresionante. Gracias por este relato tan emotivo y tan real. Suena mal y hoy con mayor motivo el dicho: “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”. Ojalá busquemos ese aparcamiento del que hablas pero en nuestro corazón

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